lunes, 23 de abril de 2018

Asedio en Gaza

                          

Querida madre:

Desearía tenerte aquí para abrazarte, para sentir el calor de tus brazos amorosos. Me paso las horas pelando cebollas, como si hubiera perdido el juicio, pero lo hago para mantener la calma. Ese gesto me permite concentrarme y evadirme, por momentos, de la situación que se vive ahí fuera. Cada cebolla es uno de esos crueles soldados que nos hostigan a diario. Clavo el cuchillo en el centro de su parte superior, trazo un círculo, retiro poco a poco las capas y disfruto de ese acto aparentemente insignificante, tan simbólico para mí. Es mi manera de expulsar la rabia, de resistir a este asedio que no sé cuándo se va a acabar. Cada cebolla pelada es uno de ellos degollado, eliminado de la faz de la tierra. Ahí las tengo, amontonadas a mi lado, sobre una bandeja verde. La esperanza sostiene a todos esos soldados a los que despojo de sus ropas, de sus armas. Sé que no está bien decirlo, madre, pero los odio, odio a estos israelíes que no nos dejan vivir.

He perdido la cuenta del tiempo que llevo encerrada. Primero llegaron en tanques, luego empezaron a pasear armados por las calles, después los francotiradores se encaramaron a los edificios y buscaron posiciones. Durante esos días podíamos salir, aunque nos disparasen con sus miradas y sus palabras. En la mañana del quinto día empezaron a escucharse detonaciones, gritos, gente corriendo por las calles. “Dios mío, vienen para quedarse”. Aseguré puertas, ventanas, las apuntalé lo mejor que pude. Preparé una habitación, la más aislada, para pasar allí mis horas. Y aquí sigo. ¿Cuánto tiempo llevo ya? Por el momento tengo agua, subsisto con guisos de repollo y cebollas. Las horas duran más de sesenta minutos, parecen durar días, meses, años e incluso siglos.
Durante el alto al fuego, el silencio se vuelve una amenaza, se cuela por los resquicios de puertas y ventanas, se pasea por la habitación como un fantasma. Ya no sé a qué temo más, si a los tiroteos, o a esta calma burlona que se sienta sobre el tejado y hace temblar los cimientos de esta humilde morada.

Qué hermoso era nuestro pueblo, madre, qué felices éramos allí. Miro las fotografías que yo misma tomé, nuestro hermoso olivo al lado de la puerta. Cuánta paz y luz hubo en aquellos años, quién nos iba a decir que nos tendríamos que marchar, abandonar lo que teníamos para vivir aquí, donde nada nos pertenece ¿Cuándo se acabará todo esto? ¿Cuándo volverá la paz? ¿Por qué no nos dejan vivir?

Te quiero madre, espero que haya paz allá donde estés.


Primavera


viernes, 13 de octubre de 2017

Mi experiencia en un Grupo de ayuda mutua

¡Buenas tardes, mundo! 

Hoy te quiero hablar de algo muy especial. En junio, un grupo de mujeres con problemas de salud mental montamos un Grupo de Ayuda Mutua en Coruña.  Compartir mi dolor con iguales, sentir que se me escucha y entiende es bueno para mí. Compartir mi alegría, mis ganas de hacer cosas, ver que mis compañeras pueden, es bueno para mí. Me doy cuenta de que sacar adelante este grupo con mis compañeras me hace más fuerte. Siento que no estoy sola, que hay otras personas que hacen frente al sufrimiento psíquico cada día. 

Los dos primeros meses fueron duros: se removieron muchas cosas, estaba muerta de miedo. El descanso durante el mes de agosto me vino bien y me permitió reflexionar y poner orden en mi cabeza. 

Hace una semana una compañera y yo participamos en Radio Prometea. Hablamos de cómo funcionaba el grupo y de cómo estaba siendo nuestra experiencia, además de otros temas: nuestra opinión sobre la psiquiatría y si pensábamos que la enfermedad mental era un problema social y político.

Sí pienso que los entornos familiares y sociales pueden ser el desencadenante de un problema de salud mental. No me considero una persona frágil por haber tenido un problema de este tipo, sí me considero sensible. El trastorno mental me ha dado la oportunidad de conocerme a mí misma, saber cuáles son mis límites, mis cualidades, mis debilidades, y con todo eso, aprender a cuidarme. Sé que hay cosas que no "debo" hacer porque si las hago, mi salud mental se empieza a tambalear. También sé que hay personas que las tengo que mantener alejadas de mí porque me hacen daño. He aprendido a quererme, a aceptar cosas que no puedo cambiar. Pienso que no se puede hacer todo lo que una quiere en la vida, no se puede cambiar a otras personas, o cambiar ciertas circunstancias, pero sí pienso que si una se hace dueña de sí misma, si se rodea de personas amorosas, se puede vivir con dignidad. El dolor nadie nos lo puede quitar, ni el sufrimiento, pero si se comparte se hace más pequeño. Si construimos espacios como este grupo, espacios de cuidados, amorosos, en los que nos escuchamos y entendemos, donde no nos juzgamos ni nos reprochamos nada, donde compartimos risas, herramientas para sentirnos mejor, entonces todo es más fácil. 

Me siento muy orgullosa y feliz de ser parte de este grupo de mujeres. 

jueves, 12 de octubre de 2017

Enjambre

Deposito un enjambre de palabras en tu garganta.

Provoco un incendio en tu estómago.

El humo fluye por tu interior.

El enjambre levanta el vuelo.

Un hormigueo te despierta.

Me miras.

Te miro.

Y un enjambre de palabras nos envuelve.

Luz

Me atraganto con un sorbo de luz.

Trago.

La luz se expande por mi cuerpo.

Mi sangre se torna dorada.

Amanezco vomitando estrellas.

martes, 26 de septiembre de 2017

Luciérnaga

Eres como una luciérnaga.
Te asomas a la noche con tu luz.
Cuando sientes la amenaza te apagas.
Pierdo las referencias de tu cuerpo.
Te disuelves entre mis dedos bioluminiscentes.